El milagro de Francisca de la Cruz en Illescas
Francisca de la Cruz había nacido en Valladolid hacia 1544. Era hija de un escribano, Lorencio Vázquez, y de Juana de la Cruz, y creció en un hogar modesto pero respetado, donde aprendió las costumbres y devociones propias de su tiempo. Quienes la conocieron la recordaban como una muchacha pecosa, de piel clara y gesto agradable, pequeña de cuerpo pero vivaz de carácter. Tenía apenas diecisiete o dieciocho años cuando su vida dio un vuelco inesperado.
Trabajaba entonces como criada para Isabel Rodríguez, una lavandera de Alcalá. Un día, tras lavar en las frías aguas del Henares, cayó enferma. La debilidad la dejó casi inmóvil, y su patrona, incapaz de hacerse cargo de ella, decidió despedirla. Sin familia cerca ni fuerzas para sostenerse, Francisca encontró refugio temporal en el mesón de Marcos Sánchez. Allí, un letrado llamado Diego Martínez contó que un condestable y su criado habían dejado dinero para atenderla, pero la enfermedad no cedía y los gastos crecían. A petición de ambos, Martínez buscó un médico, y así Francisca fue llevada al hospital de Santa María la Rica, donde el doctor Hernando Díaz logró calmar las fiebres, aunque no el “tullimiento” que la mantenía postrada. Al regresar al mesón, la obligaron a marcharse.
Siguiendo el consejo del médico, emprendió un peregrinaje forzado por distintos hospitales. Pasó mes y medio en el de Antón Martín, en Madrid, donde le dijeron que su mal no tenía cura. La enviaron entonces al hospital de incurables de la Virgen de la Estrella, en Toledo. De allí continuó su camino por Parla, Getafe y Torrejón de Velasco, siempre en busca de alivio, siempre sin encontrarlo. Finalmente llegó a Illescas.
Era la mañana del 11 de marzo cuando apareció en el hospital de la Caridad. Lucía de Mena, vecina del lugar, la vio llegar entre las ocho y las nueve, acompañada por un hombre que la dejó en el patio para que tomara el sol. La hospitalera, Juana Rodríguez, tardó en salir, y cuando lo hizo encontró a Francisca arrastrándose hacia ella. La reprendió con dureza, acusándola de ir “de hospital en hospital como una bellaca”. El acompañante intervino para defenderla, explicando que la joven había enfermado trabajando como lavandera. Lucía recordaría siempre el llanto de Francisca, que murmuraba entre sollozos: “No me abraséis ni queméis, que hasta quemada vengo, y no se vea hija de madre como yo me veo”.
Agotada, intentó llegar gateando hasta una jarra de agua. Otra mujer comentó lo deteriorada que estaba. Pasó la mañana en el patio, junto a una pobre que vivía allí de caridad. La hospitalera le sugirió que se acercara a la imagen de la Virgen del hospital.
Al mediodía, entre la insistencia de la hospitalera y la mujer pobre, Francisca aceptó ir a la capilla. Llegó a gatas hasta el umbral, donde había mucha gente reunida. Allí comenzó a rezar. “Madre de Dios, que no he extendido mis piernas desde hace cuatro meses”, dijo en voz alta. La hospitalera la animó a seguir orando. Francisca sintió entonces un primer alivio, leve pero real. Pidió a la Virgen que le devolviera la salud o que la llevara de este mundo. Se arrodilló, pero el cansancio la obligó a sentarse.
Un sudor frío la recorrió y se desmayó. Pensó que quizá era por no haber comido y pidió que le consiguieran algo. Aun en ese estado, repetía que llevaba cuatro meses sin poder andar, aunque empezaba a sentir las piernas “despegadas”. Juana le dio un palo para apoyarse y, ayudada por las paredes, la condujeron hasta las gradas del altar. Francisca aseguraba que cuanto más se acercaba a la imagen, mayor alivio sentía. Permaneció allí cerca de una hora.
Entonces ocurrió lo inesperado. Sintió por segunda vez que las piernas se le despegaban, esta vez por completo. Se incorporó, probó a sostenerse… y pudo. Caminó hasta el umbral de la capilla. Las personas que la habían visto entrar arrastrándose quedaron mudas de asombro al verla salir erguida. Francisca, emocionada, proclamó que la Virgen del hospital de la Caridad la había curado.
La noticia corrió por Illescas con la rapidez de un incendio. A las dos de la tarde, la hospitalera llegó a casa de Lucía de Mena anunciando el milagro. Lucía salió corriendo, dando gracias a Dios, para escuchar de labios de la propia Francisca lo que había sucedido.
El relato, conservado en documentos del santuario de Nuestra Señora de la Caridad y difundido por la Parroquia de Santa María de Illescas, ha perdurado como testimonio de aquel día en que una joven tullida recuperó la marcha ante los ojos de todo un pueblo.